ENRIQUE OLVERA
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La ciudad espera.

La cantina es una de las grandes salas de espera de la ciudad de México. Mientras tanto ocurre un pequeño milagro: uno pide una cerveza y aparecen unos cacahuates; después una tostada de pata; luego una sopa de tortilla, acaso un taco.

La cantina es una de las grandes salas de espera de la ciudad de México. Mientras tanto ocurre un pequeño milagro: uno pide una cerveza y aparecen unos cacahuates; después una tostada de pata; luego una sopa de tortilla, acaso un taco. De pronto la mesa tiene más cosas de las que uno pidió. La ciudad, que suele cobrarlo todo, decide por un instante practicar la abundancia.

Es curioso: cuando se cuenta la historia de las cantinas solemos hablar del alcohol. De la cerveza, del tequila o el mezcal. Pero rara vez hablamos de su compañero más constante. Ahí está el maíz, discreto como los buenos amigos. Convertido en tortilla, tostada, sopesito o totopo, sostiene conversaciones, aplaza despedidas y ayuda a que la noche llegue a su ritmo, o quiebre su ritmo.

Un mixiote servido en un plato blanco.

Quizá por eso las cantinas importan. Porque no son sólo lugares para beber, sino para permanecer. Espacios donde la ciudad se sienta consigo misma durante un rato. Donde los desconocidos comparten mesa o barra, donde el tiempo afloja el paso y donde una tortilla caliente puede ser tan importante como la canción que sale del piano ahora mismo.

Un chile ancho relleno con queso fresco y hojas verdes.

Al final, nadie recuerda cuántos cacahuates había en el plato. Lo que se recuerda es haber estado ahí, sope en mano, esperando algo o a alguien. Y haber encontrado una poquita de compañía.